domingo, 4 de abril de 2021

Comentario a un poema de René Char

 


Para reanudar[i]: un poema de René Char

 

                                       René Char


Para reanudar  

De repente nos hemos acercado demasiado a

alguna cosa de la que se nos mantenía a una

distancia misteriosamente favorable y medida.

A partir de ese instante, llega el roimiento. Nuestro

rompecabezas ha desaparecido.


Es insoportable sentirse parte solidaria e impotente

de una belleza que está muriendo por culpa de otro.

Solidario en el pecho e impotente en el movimiento del espíritu.

 

Si lo que te muestro y lo que te doy te parecen

menores que lo que te oculto, mi peso es pobre,

mi espigueo sin virtud.

 

Tú eres depósito de verdad sobre mi rostro

demasiado ofrecido, poema. Mi esplendor y

mi sufrimiento se han deslizado entre los dedos.

 

Arrojar al suelo la existencia feamente acumulada y

reencontrar la mirada que la amó lo bastante en los comienzos

para exhibir sus cimientos. Lo que me queda por vivir

está en ese salto, en ese estremecimiento.




En el poema la vida abre por primera vez los ojos y comienza su bregar. Quizá todo parte de un recogimiento que el poeta siente en su espíritu – con pulsiones orgánicas – y desde allí el poema comienza a anunciarse. Luz y tiempo de contrastes hay en la poesía. Síntesis de la vida. Percibo esto cuando releo y paladeo en mi cerebro, digamos, cierto desmoronamiento de imágenes que caen en mi interior, desde donde iluminan otro mundo al que le dan presencia.

    Releo ahora parte de la poesía de René Char que el sintetiza con el título Común presencia, como para aludir, intuyo, a su poesía honda, metafísica, de percepción de seres y pequeños mundos alternos. Qué hay de común presencia entre el yo humano y el de las cosas, esas que no se ven y que aún no muestran su cara, pero que sentimos en un devenir extraño -atávico, tal vez- para tomar carnalidad a través del lenguaje que se deja poseer. Sin embargo creo que la poesía no termina en un reduccionismo lingüístico per se, ya lo he dicho.

     Como lector me planto ante el poema con la humanidad desnuda, dispuesto de mi olvido momentáneo de todo lo que sé o creo saber. Y él me toca y a través de sus irradiaciones sensitivas comienza a restituirme. Esto me pasa con los poemas de los grandes poetas que releo y en donde algo de mi vida también se queda. Sólo en el poema el tiempo permanece y la voz que en habla en él nunca pasará.

     En el poema Para reanudar , creo que Char se siente como si la vida quisiera avanzar, pero demorarse a la vez para mostrar mayor misterio y sentido. Como si, la sintaxis, más que lenguaje (un recurso utilitario, nada más), jugase un poco a ser pulsión y música entre elementos. Y es como si el poeta tomase, a su vez, al poema como lo otro, en doble sentido: como una entidad y como ser de interlocución.

     El poema, me parece, inicia con una referencia a su fuerza epifánica: «De repente nos hemos acercado demasiado a alguna cosa de la que se nos mantenía a un distancia misteriosamente favorable y medida.» Y luego el poeta declara que algo se ha roído, pero en ese acto su “roimiento” sabe a construcción, a descubrimiento. Y la vida en el poema comienza: «Nuestro rompecabezas ha desaparecido». El poema avanza, pero la vida comienza a demorarse (el mundo a desmoronarse), en una suerte de “tira-y-encoge rítmico” en que a la vez que algo se pausa, se proyecta. Devela. Hasta aquí las horas han sido oscuras.

    En la segunda estrofa el poeta declara «sentirse parte solidaria e impotente de una belleza que está muriendo por culpa de otro». Pero quién es ese otro. Queda en el misterio ese espacio de incertidumbre que, sin embargo, es multívoco, pues de su mundo se abren otros sentidos. Como si el poema, recién nacido, a la vez que es aludido junto a algo que se derruye, también abre las manos en busca de vida. Y el poeta siente en su espíritu esa luz que con una fuerza comienza a abrirse espacio. El ser poético ofrece un mundo. Pero el poeta, a pesar de sentirse “parte impotente”, se siente cómplice (aunque con dolor, a veces) de ese nacimiento, pues también, dice sentirse «solidario en el pecho e impotente en el movimiento del espíritu». Tal es la fuerza por dar con ese enardecimiento vital de lo que habrá de reanudarse. Y la fuerza de ese algo que crece y que se pausa, avanza en la búsqueda de sí mismo en la poesía.

     Me parece que a la vez que Ars poetica, “Para reanudar -como el poema Común presencia que da título a la antología, y otros de su clase- ofrece, si es válido decir, una duda meditativa, pero también fructífera a través de un yo poético autocrítico, que se propone superar la carga intencional del poema más allá del lenguaje: «Si lo que te muestro y lo que te doy te parecen menores que lo que te oculto, mi peso es pobre, mi espigueo sin virtud». De ahí pues que, como ya se ha dicho, o se ha referido de muchas maneras, la poesía en su decir también oculta belleza, es verdad no dicha: tiene una carga de silencio lírico. 

     De esas lapas derruidas del mundo prosaico surge la fuerza vívida de otro. Y la vida, con ese sustrato que parece haber acumulado (que no sabemos bien cómo), comienza a tomar forma de un modo original en la intuición poética. Pero sus afluentes en ese develamiento no parecen tan claras, pues René Char –poeta hermético–, es consciente del ciframiento estético de la verdad lírica, de su fuerza mistérica, se podría decir. Y el poeta le habla – ya esta posible alteridad a través del diálogo es poética en sí misma, a pesar de que el otro “no dice nada”– al ser de su poema: «Tú eres depósito de verdad sobre mi rostro demasiado ofrecido, poema. Mi esplendor y mi sufrimiento se han deslizado entre los dedos».

     Y el poeta sigue la busca de belleza a través de esa fragua que no parece tener fin mientras la pulsión lírica se alíe con su sensibilidad poética. El poeta seguirá esperando, reflexionando; seguirá resistiendo los bofetones de la palmaria realidad que lo sacude, o que le ofrece motivos para destruirla, rehacerla. Aquí pareciera que el poeta fuera una suerte de receptor hipersensible que se auxilia - sólo es eso- del lenguaje en un ritual en el que las cosas se acumulan, tienen un ritmo, una respiración y una voz, y todos ello junto declara una verdad. «Arrojar al suelo la existencia feamente acumulada y reencontrar la mirada que la amó lo bastante en los comienzos para exhibir sus cimientos». Como si la poesía tomase energía de una fuerza que corre o ha corrido en un tiempo paralelo anterior al de la vida fáctica que conocemos. O que algo viene en fuga o migrando entre elementos que se derruyen, o que al menos una parte, digamos, de su corteza se cae, se abandona o dona algo de sí para otra vida. Esa que se acumula, se condensa, parece demorarse, pero que tiene también fuerza para un desarrollo ulterior. Y el poeta y los receptores y recursos de su poética están allí para vivificarla. Así pues, el poeta concluye su poema, pero la vida apenas comienza a caminar, y él se sube en ese riel metafísico mientras la poesía se lo conceda. «Lo que me queda por vivir está en ese salto, en ese estremecimiento».

 

 

 



[i] Tomado de Común presencia. René Char. (Traducción de Alicia Bleiberg) Pag. 321. Alianza Editorial, España, 2007.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Una reflexión sobre la voz, sobre nuestra voz...

 

La voz, la muerte y lo que queda

 

 

Siempre está ahí la muerte: parece exhalarnos su aliento, aunque no la vemos. Sin embargo no quiero llamarla si la nombro ni quiero ser mal augurio para «el otro». En qué perdura todo lo que se acaba. Me lo pregunto a menudo. Pero cómo puede continuar aquello de lo que no tenemos certeza. En algún momento hay cosas que sólo se intuyen porque sí o le vienen a uno de alguna parte creía presentir algo que se me anunciaba, algo que había pensado muchas veces, que me invadía la cabeza, acerca de que me era inconcebible que pudiese terminar la vida. «No puede ser así», me decía. Así pues, hoy me pregunto qué nos queda de una voz cuando se va. Qué nos queda aún a nosotros que seguimos en el mundo. Por qué esperamos lo improbable cuando creemos que hay algo más allá de la finitud vital.

     A la vuelta de lo que nos parece una certeza, la vida (o la muerte) con un doblez o giro abrupto nos enseña algo que no comprendemos de inmediato. El dolor se ahonda en el alma y se agranda en oscura pesadumbre. Caemos. Y aquello más preciado que amamos nos abandona. Casi siempre sólo se ama lo ausente. Estar, seguir aquí, para los que quedamos, o para los que queden, hay una luz o una idea que nos estremece. Algo nos hiere y nos alumbra casi junto al dolor. Pero esto no se le aviene fácil a la conciencia. Y las flores del gesto hablan de resignación y esperanza, sin saber bien cómo hay que continuar en el mundo. Cómo hacerle frente a la conciencia misma cuyo apego a lo sentimental se vuelve fuerte para sentir arraigo y certezas en el corazón.

     Esa certidumbre no es providencia de las palabras. Lo sé. Los espejos más audaces de la poesía se vuelven mudos y se apagan ante ese inmenso agujero en el alma, aunque un cierto murmullo se resista, o por lo menos de esa manera pretendemos creerlo. El casi inaudible susurro de algo que creemos volar, que creemos que debe continuar, a pesar de que la muerte nos toque. De otros, tal vez, serán la luz y la voz que nos abandonen; de otros, el espejo atroz de la verdad: ese otro indefinible que no es unívoco para todas las conciencias. El contrasentido y matices de las cosas producen dolor y, a veces, un raro deslumbramiento que tarda en revelarse. Pero creemos que algo sigue con nosotros aunque su presencia nos evada.

    

A veces hasta la lucidez sin ningún asomo de mezquindad nos parece infame. Se podrá decir eso. Y ni entre resplandores de palabras ni intuiciones audaces nos encontramos. A menudo, contengo el gesto ante el luto y encuentro inútil las palabras que terminan amarrando mi lengua. He dicho alguna vez, inconscientemente y de modo lúdico, a algún amigo: «Decime una palabra que me salve de la muerte». Pero el poeta salvadoreño Alfonso Kijadurías ya lo había dicho: ninguna palabra lo salva a uno de la muerte. Pero, ¿de la muerte total o de una de nuestras muertes? A penas sabemos cuán mensurables son la vitalidad y la eternidad de la belleza cotidiana y su deleite. Y qué hay, por ejemplo, de aquel aliento que nace, vive, camina, se extingue de manera prematura. Los niños también mueren. Mi tozudo yo no alcanza a entenderlo. La fatalidad, el desquicio: los arraigos de la racionalidad se derrumban.

   Y ahora me figuro, en tiempos de dolor, el arte como un animal moribundo al borde del camino que intenta comunicarse con el género humano. Eso tal vez sea: el arte nos muestra, no de manera muy clara (a veces), un revés o posibilidad de vida no percibido por ningún otro medio. El arte se torna un medio de extensión hacia lo divino. Ah, pero qué es lo humano. Pero también está el Horror. Y ahí están, como muestra, la densa y silenciosa poesía Celan y toda la alta literatura del Holocausto como vociferación de lo innombrable. Imre Kertész refiere en Un instante de silencio en el paredón que, cuando se exhumó el cuerpo del poeta húngaro Miklós Radnóti (que fue asesinado junto a otros enfermos judíos), se encontró en un bolsillo de su abrigo, casi dos años después, un cuaderno con poemas que merecen ser considerados entre lo mejor de la literatura mundial. Poemas escritos en el infierno y al borde de la muerte. La voz enterrada de esos poemas resurgió contra lo macabro, que también fue creado por el hombre.

     Pero, quizás, el reclamo más fuerte se lo hace el silencio en su decir al tiempo. Y a través de la poesía y el arte, lo indecible no se expresa todo, pero se sugiere, se intenta develar, y lucha desde la pulsión más auténtica.

    

He hablado de la voz que nos abandona, esa que ya no oiremos. La voz del rostro querido, de la familia, la del amigo. Y también de la voz que, de alguna manera, se resiste en un objeto construido, ya fuere en lo estético o en la esfera de lo práctico. De otros son nuestras semillas, decía también. Con un sustrato de irradiaciones, la palabra y el arte quieren prodigarnos algo de la voz que queda, algo de resistencia iluminadora para quienes están allí en sus parajes interiores, para defenderse contra los bofetones de la realidad. Estamos en lucha. Alguien ha dejado su voz y sus intuiciones en pugna contra el tiempo, contra lo ominoso, que, acaso,  aún está por venir. De otros será la luz del rostro caído, de otros será el respiro en la imagen, en el movimiento, en las formas, en los sonidos, o en la metáfora e intuición poética más inusitadas. De otros será la heredad de nuestra voz.

    Cargaremos con la sombra de la muerte: será recuerdo, será cierta vivificación de lo ausente: pero no será palpable lo que amamos. El vacío colma, tal vez, con angustia y da un poco de luz tiempo después: se siente uno abandonado de lo físico y acompañado por la voz del ser que ya no está con nosotros: su voz y lo que dejó o construyó siguen en la memoria.

 

En alguno de mis poemas he dicho que el universo es una voz. Pero qué es esa voz; de quién es nuestra voz: a qué se hermana nuestra voz. Y por qué cuando uno escribe en general, cuando alguien crea, siempre hay ideas de ciertas voces que se nos imponen y que luego se truecan en visiones, formas, ritmos, que contienen una fuerza viva. De qué voz emanan esas voces. Qué presencia nos elude y no se muestra pero nos da señales e intuiciones de hermanamiento.

     Hay mares que son espejos de sangre, aunque no los vemos, y por eso hablan, y por eso en su torrente invisible la vida respira, pulsa, se revela y le hace su afrenta a la muerte: intenta su acabamiento.

     A pesar de ir a su encuentro nuestra vida más auténtica es una carrera contra la muerte. Como en sí mismo también lo es el arte. Vida y arte: epítome. Pero no hablo sólo del poeta o del artista en general: hablo también del yo de toda persona. Hablo de esa conexión de la fisiología humana –espiritual- con la vida. Entonces, qué queda de nuestra voz. Qué  nos queda, pues, de una voz cuando se ha ido: qué de ese reflejo que crece en su ausencia.

     Nuestra actividad y paso por el mundo crea una sustancia en la conciencia de los otros. Lo sentimos, por ejemplo, a través del dolor por el ser querido que se va, que transcurre hacia lo desconocido, pero por mucho tiempo su vacío sigue deviniendo. Y lo que se va también duele y, acaso, crea luz  y nos revela sentidos de cosas que fluyen a veces en una corriente que no vemos, hasta que se ha marchado.

     Creo que el fruto de nuestras manos también es luz sobre el mundo, y a su vez lo que producimos se dirige hacia el mundo y los otros. Creamos un imago, levantamos sobre el reino de lo inerte lo que palpita, aunque algunas veces también con nuestras acciones arbitrarias creamos daño a las demás conciencias.

     Pero lo que producimos o lo creado en vida también tiene una resonancia, tal vez por nuestro deseo de perpetuidad, de trascender la vida, y nuestra verdadera heredad, lo que logramos ser en nuestro devenir, sólo florece si es para los otros. Vamos hacia el otro que nos recibe y fluimos hacia su conciencia, vamos creciendo, fraguando un poco sus pensamientos y sus percepciones de mundo. Esto somos, a lo mejor: ríos hacia los otros. Voz de algo que fluye.

 

La poesía tiene voz. Nuestras manos. Nuestra sombra. Tras lo que quede de nosotros qué será: ¿tendrá una voz para el tiempo, será una sustancia para los otros? Será que lograremos volcarnos del ser hacia el mundo, de lo que maduremos en esencia más allá del dolor y la mezquindad que nos infligimos, más allá de las acechanzas del materialismo obsceno que carcome la espiritualidad humana. De quienes nos sucedan también será la riqueza de nuestro vacío.

     Hoy nuestras manos modelan, crean, erigen; nuestra sangre busca su mejor tono, se eleva, le hace cortejo al aire que se desliza. Y sin embargo por dentro estamos bañados de sombras, estamos habitados por monstruos que, a ratos, nos sojuzgan. Pero estamos en pugna. Como el ser poético en la búsqueda de sí mismo. Seremos, acaso, la voz que le hará resistencia a la muerte.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

Sarcófago...

 

Sarcófago



Lo comparto, sobre todo, para quienes no lo conocen. «Sarcófago de viento» es mi primer libro y el único publicado a la fecha. Naturalmente, ahora, hay cosas que no me gustan, pero de ahí vengo. Y bueno mi fragua y cocina creativa son lentas, aunque tengo ciertas prolongaciones de alientos fructíferos. Y mucha reflexión. Tengo un par de cosas por ahí “terminadas”. Pero, en general, soy un hombre que vive como a destiempo, lo que me pone en problemas, más que todo conmigo mismo.

Agradezco a la persona (no muy grata para muchos) que en un inicio me prometió publicarlo, y que no tenía criterio propio, no lo hiciera: ahora entiendo mejor algunas cosas haciendo el rol de editor. Y lo seguí corrigiendo. Pero esa nota ya no importa.

Agradezco todavía a mi editor, el poeta Osvaldo Hernández (Laberinto Editorial), el apoyo y la camaradería. La portada fue un trabajo de su hijo, de 14 años en ese momento, Diego Hernández Molina (Diego Hermolina, en el Facebook), tomando como base una obra de la pintora Aída Bañuelos para hacer la composición de cubierta. Dieguito era un niño; bueno, con el agregado de que el libro ya tenía algo que ver con los niños y sus visiones oníricas, con palomas, con pájaros extraños. (No sé qué tan significativo puede volverse un sueño que se le impone a un niño.) Tiene que ver con los poetas dilectos que leía y con cosas que ahora no entiendo del todo; aunque siempre me he identificado con los poetas herméticos. Creo que uno va encontrando, como al azar, su filiación poética o ésta lo va descubriendo a uno, quizás por una especie de debilidad espiritual. El punto es que ya estoy lejos de esa poética y, en todo caso, esos poemas tardíos ya no son míos.

Pero ahora también quiero recordar algo de Américo Ferrari, crítico y poeta peruano, traductor, entre otros, del admirado César Moro, de Novalis, (y de Trakl, otro poeta fundamental y querido), quien me envió unas palabras, tal vez, más por deferencia, pues intercambiábamos inquietudes por correo electrónico inquietudes  las mías, deslumbradas; las de él, enjundiosas y agudas  acerca de la poesía maravillosa en verdad de Moro. Y hoy le encuentro sentido a eso que me escribió y que aparece a modo de epígrafe, porque se ha vuelto una idea importante en mis reflexiones y en mi quehacer creativo: «Estoy muy contento de verlo siempre en lo que podríamos llamar la pugna de la poesía». De esta manera he seguido reflexionando, dudando, trabajando y, más que todo, esperando el momento de la revelación lírica, con el tortuoso trabajo de corrección que comporta.

No sé por qué de repente, me vinieron ganas de hablar de Sarcófago de viento, aunque hoy lo miro con recelo. Pero no voy a explicarme, digo. Hay un par de poemas que se han publicado en antologías, y, sobre todo, ese poema a mí hijo Xabier que ha gustado mucho, creo, que escribí con cierto impulso febril desde sus ideas germinales.

Ahora, quiero retomar con agradecimiento parte de unas palabras amables y bien intencionadas del poeta colombiano Jaïr Trujillo, que hizo un comentario breve pero muy significativo para mí:

«No sé de qué pájaros me habla este libro pero los veo volar. No distingo a ese niño que sale y entra de los poemas de Edenilson pero oigo la risa y sus anhelos en medio del sueño. El hombre que ha subido de edad por la escalera ha venido a encontrarse conmigo, este libro ha viajado en la brisa del Caribe, lo han traído los pájaros raros que engullen su alimento en el aire… cuántos peces en el vientre de estos animales para producir poesía.»

 

jueves, 20 de agosto de 2020

EL DOLOR Y LA PESTE

                                                                                  A David Hernández Castillo

Hoy simplemente me duele el mundo y, sobre todo, mi país; me duelen como persona: esto ya no se trata de la sensibilidad poética. A veces, logro distraer la mente, pero ella me recuerda que hay algo incomprensible en todo lo que pasa. Disculpen, amigos, que parezca ser, en ocasiones, tan triste. Algo te marca desde el nacimiento y luego el mundo te hiere, de paso, te pone un sello que no te esperabas.
Hoy querría retener, sin embargo, algún puñado de alegría para ofrecérsela a la gente. Siento dolor por mi país, pero también por el cinismo, la ignominia, la mezquindad de las marionetas, que son gobernadas por algún lastre o tara que difícilmente podría llamarse humano del todo.
Vivimos al acecho de máscaras: vivimos amenazados. La desgracia nos cae en este tiempo de manera ineludible. La fatalidad sobrepasa en fuerza al raciocinio. No debemos mencionar a la muerte, no queremos que nos gobierne, hablábamos anoche con un amigo, pero ella está allí asediando nuestras pequeñas certezas de alegría.
Busco luz en las palabras pero lo que siento es una gran ceguera en el alma. Y querría, como ya he dicho, trocar algo de mis intuiciones por un poco de beneficio práctico. Y me siento miserable, viviendo en el mundo que busca darle forma a lo
imposible en la palabra, que yo creo verdadero.
El arraigo y el amor de la familia son insustituibles, más allá de tanta teoría seductora para el hambre sin fin del individuo en esta sociedad tan ilustre y avanzada. La peste nos lo demuestra. Nos tiene consternados. Por ella, valoramos, la eternidad efímera -pero sólo en duración de tiempo medible, mas no en intensidad significativa- el gesto amable y luminoso de nuestros seres queridos, de nuestros amigos. La dicha viene y se nos va y sólo nos queda su eco en la memoria.
Quisiera dejar de ser yo a veces, quiero combatirme, recriminarme las fallas: los egos de la subjetividad actual me inflaman también. Pero el mundo se derrumba. La fe parece algo inasible. La fatalidad aniquila todo con su peso.
Y sin embargo no hay nada que me consterne más en estos días que saber que mientras unas personas -la gente de salud y los altruistas, por ejemplo- están tratando de hacer posible la vida, otras (hablo expresamente de mi país) están abyectamente cegándole la vida al Otro: unos de manera innombrable y directa a través del mismo asesinato y otros a través de un razonamiento torpe que tiene influencia en la organización política para velar por la vida de la ciudadanía.
Y quiero evadirme de mí y de esta parcelita tan pequeña que sobreabunda en mezquindades.
Pero también considero que necesitamos descorrer los velos de todas las fuerzas asechantes y de todos los rostros ominosos que no permiten que la vida crezca y se perpetúe. Y, quizás -no sé cómo-, eliminarlos también, por el bien común.
Maldita peste.

sábado, 6 de junio de 2020

Una reflexión del quehacer poético y la crisis mundial

La poesía y la crisis

 

Como en gran parte de mis poemas, creo que, a veces, la belleza, como la vida, se vuelve inalcanzable. Se nos  escapa, aunque a veces parecemos retener por breve tiempo algo de fuego entre las manos. Pero luego se evade. Ya se ha dicho muchas veces lo que dijo el poeta Rimbaud: «La verdadera vida está ausente». «Pero estamos en el mundo», le replicó tiempo después el filósofo Emmanuel Levinas.

     Creo que las capas de la realidad más ruidosa y su aspecto enmarañado y distractor no nos dejan percibir –no me refiero sólo a ver– las cosas esenciales de la vida, su esplendor, movimientos, destellos, revelación, que se ocultan en contrastes o en reflejos aparentes, como a lo que suelo referirme también en mis reflexiones poéticas con “el mundo prosaico”. Y se dice también que, porque estamos heridos, por eso escribimos y creamos arte, y con ello resistimos: adversidades, acechanzas, y a veces hasta la muerte. Pero no quiero limitar esa creación de belleza sólo al quehacer artístico: el proceder humano mismo puede tornarse bello, estético, si la vida se asume con autenticidad, con gestos solidarios, con luz compartida, y en ocasiones todo eso está allí parpadeando ante nosotros, en el mundo, en la naturaleza, en el rostro de las personas y de los niños, y no lo vemos. O si lo vemos, a propósito lo destruimos con mezquindad, y casi siempre esto toca inevitablemente al Otro. Y todos pueden reflexionar en este momento mismo y buscar ejemplos de lo que digo.

     Toda crisis es prueba. Les decía a mis amigos recién que me siento inútil escribiendo palabras, escuchando su rumor, sus ecos, escribiendo poesía en esta crisis mundial, con todo y que la duda siempre me compaña. Porque este oficio no tiene visos de ser utilitario en alguna medida a primera vista. Admiré el amoroso esmero de un pintor que intentaba enseñar algo de su oficio como terapia y entretención en estos días y, luego de expresarle que sentía una especie de envidia noble, contrastando mi inutilidad con su trabajo (acordándome, a la vez, del verso del gran Hölderin: Para qué poetas en tiempos de penuria), él me dijo: «Ya encontrarás tu manera de contribuir, hermano».

     De modo, pues, que lo que hacemos –escribir, crear y el vivir mismo– siempre roza a los otros. Y ya he dicho que eso que amamos, hoy en consonancia con el poeta que he citado, casi siempre se ubica ausente, o, al menos, en la distancia, o parece evaporarse entre las manos. Debido a esto, hoy como nunca, amamos aquello que parece rehuirnos: el gesto de los amigos, la complicidad alegre, la calidez y el contacto humanos, la conexión y deleite con la naturaleza, la construcción conjunta de lo que nos da sentido, en suma. Y la familia – ¡ah, la familia!, ese núcleo de luz –: techo, cobijo, raíz, amor, identidad. Por ella también, y por el amor propio del corazón, como me dijo mi hija, hacemos aplomo con la vida, y decidimos seguir adelante.

     Esta idea de lucha tiene también un sentido vertebral en lo que escribo, aunque a veces me cuesta retomar su fuerza en mi vida práctica. Pero aquí no me refiero a lo beligerante ni a lo ideológico que termina volviéndose instrumental para canibalizarnos –si se me permite el término– entre países, razas y clases sociales. Aunque, claro, el poder (económico, político) suele camuflar su hambre voraz. Y eso es así aquí y en cualquier parte en este mundo neoliberal, extremadamente interconectado y documentado al instante. Pero seguimos degradándonos entre nosotros y en nuestra relación con los recursos de la tierra.

     Aquí no estoy tomando partido ideológico, digo: estoy expresando mi dolor desde la pulsión de mis palabras, de las que escribo y de las que me permiten condolerme. Para ver mejor la vida, tal vez, sea beneficioso, primero, mirar adentro de nosotros, para luego comprender la luz y el deleite natural de la vida que se nos muestra. Somos lo que hacemos (eso que se nutre de la cultura asimilada, de la construcción personal y social del ‘yo’), pero somos, además, las irradiaciones de lo que nos habla dentro. Hay que estar atentos. El mundo externo también nos forma y determina –en caso extremo, nos desnaturaliza–, pero también nuestra espiritualidad que, en su plenitud más esencial no es religiosa, sino humana.

     Deseo bienestar para mi país, El Salvador, y para el mundo. Yo y mi palabra estamos en pugna, al lado de la vida.


miércoles, 12 de junio de 2019

Comentario crítico de A cada quien su infierno





Los infiernos poéticos de Alfonso Fajardo


Hay una variedad de registros en la poesía salvadoreña actual que resulta difícil clasificar, aunque el objeto de la lectura e interpretación de la poesía no debería limitarse a su categorización, sino, más bien, habría que abordar el universo intuitivo del poema. Podríamos considerar que dentro del variado espectro existe un tipo de poesía hermética que se contiene en sí misma y cuya interpretación se vuelve compleja al momento de acercarse al poema, y descifrar sus sentidos, abigarrados en matices y contrastes, demandan del lector, además de hábitos previos y cierto condicionamiento, una sensibilidad diferente para acercarse a su universo simbólico. Por otra parte, hay también un tipo de poesía cuya fuerza comunicativa reside, en lo que podríamos llamar, el golpe reflexivo de la idea, con un ritmo interior (en apariencia prosaico), a través del cual se insinúan otros sentidos, pero por caminos distintos.
     Encuentro estas dos modalidades poéticas en A cada quien su infierno (Índole Editores, 2016), del poeta salvadoreño Alfonso Fajardo. Además, me parece justo abordar la lectura con intención valorativa de ciertos poemarios como éste, que, aparte de su valor estético, y no importando si publicación es muy reciente o no, tienen una fuerza poética que nos concierne, dada la época que nos toca vivir. De ahí, que sea necesario aludir, de entrada, que en estos poemas habitan varios infiernos
 ̵ sociales, existenciales, íntimos, ideológicos˗ que nacen de una voz enunciadora y denunciadora, conmovida en su conciencia  al mismo tiempo. La voz lírica también mira, se duele, increpa, desenmascara, se fragmenta en devaneos existenciales, y se sondea a sí misma en una perpetua percepción de desconcierto y vacío. Y esa conciencia y el sondeo de ese yo infernal y desarraigado podrían ser, acaso, un indicio sintomático de algunas características idiosincrásicas de la sociedad actual.
     Seguir el rastro y la evolución de un poeta no es tarea fácil, pues se vuelve necesario conocer algo de sus coordenadas vitales y estéticas, aparte de los códigos y claves poéticas que construye con el tiempo y que nutren su imaginario personal. En primer término, considero que la poesía de este poeta se ha movido, desde sus orígenes, con unos rasgos estéticos y concepciones alimentados, sobre todo, por un afluente surrealista de raigambre europea y latinoamericana, además de otras fuentes poéticas visionarias, entre las que destacan el mundo también poético y alucinante del rock, los ámbitos urbanos decadentes de los que presuntamente —por alusiones implícitas o explícitas— el poeta participa en sus rituales personales; además de los contrastes, desgarramientos y hostilidades que le ofrecen la caótica sociedad salvadoreña y la desesperanzadora vida postmoderna. Y por ello mismo su poética, esta poética de los infiernos, se erige en un correlato subversivo de los signos de este tiempo.

Al introducirnos en el poemario, nos encontramos dos textos de la sección Contradicciones que resumen  y anticipan en clave poética, algunas ideas que acentúan el ámbito poético de este infierno y ciertas ideas preliminares a modo de ideario de la voz lírica. Así, en el poema «Prologo II», anuncia:

Ha llegado la hora exacta
del gran poema
En la noche reverdecen los pecados
fulge la blancura del mal

Y en el poema «Comienzo», que representa una búsqueda de la vida y toma de conciencia a través de las palabras, declara:

El poema
tendrá que surgir limpio, grácil.

Sin adjetivos que sobren
Como «grácil» del primer verso.
Iniciar con bombos y platillos
y finalizar con un tiro de gracia.
Procurar carne y hueso
a su moraleja.

La intención aquí no es desmembrar la estructura del libro, sino aludir al tono, modalidad y rasgos de su poética, y tratar de acercarse intuitivamente al universo de sentidos al que nos invita la voz lírica que enuncia los diferentes infiernos entre los que se mueve. Por ejemplo, se encuentran aludidos infiernos de dolor histórico: la historia no está hecha de palabras/ sino del gemido/ que todo heredamos al nacer/ (…) Los poetas están hechos de melancolía/ como de odio/ las venas del mundo. Existe, por otra parte, una recurrencia marcada a cierto infierno de la conciencia, de la búsqueda y desdoblamiento del yo a través de la poesía (El poeta no sabe/ si el poema/ es luz/ o tiniebla). Aquí, existen referencias no solo del mundo ambiguo de la poética de infiernos personales, sino ciertos guiños intertextuales (que a mi modo de entender no solo tienen relación a cierta filiación poética de la que se siente parte, sino, creo intuir, cierta referencia tácita al poeta salvadoreño Alfonso Kijadurías y otros personajes de manera expresa o aludidos indirectamente [Al abrir el libro/ abres el tiempo/ … Fuera del tiempo y la muerte/ los hijos favoritos/rebeldes/ del sin rostro], por ejemplo). Y, por otra parte, habría que agregar cierta atmósfera de descreimiento, de desolación y desencanto, de señalar y apuñalar líricamente las falacias, las imposturas ˗del tiempo y, por qué no, de los mismos poetas˗: El poeta reproduce los sonidos guturales de la prehistoria/ (…) maldice religiones y fórmulas matemáticas/ resucita cada vez que enciende un poema/ huye de fiestas literarias y de centros comerciales/ rueda río abajo la noche y sube Sísifo al día. Pero, a la contra, la misma voz manifiesta cierta aspiración hacia la trascendencia y al deseo de lo divino: El poeta rastrea los huesos de la luz/ y devora las famélicas llamas inventadas por dios. Y por ello mismo, el poeta como instancia psíquica en el poema se vuelve, según creo, una conciencia lastrada ˗ que se vuelve sintomática y representativa de una época ˗, que se rebela contra sí misma, y se increpa de manera reiterativa en diversos poemas. Representando un contrapeso, en sentido paradójico, como en el poema «Esquina rota», existe una esperanza subterránea o a contraluz, dado pues que el poema mismo puede representar una alternancia de la existencia: Al otro lado del poema/ está la vida.
     En otro sentido, aparte de esas esferas infernales del descreimiento y de la búsqueda de la conciencia, está la alusión explícita, denunciatoria del desencanto ideológico, el derrumbe de las certezas y el rostro terrible de la vida social, alejada de las falacias poéticas, de los estratos de poder, de la manipulación del sentido de la vida, como el enfrentamiento entre poetas, de derecha e izquierda, la neurosis de guerra, entre otras manifestaciones de la ya polémica “dilución o trastoque de valores” de la sociedad postmoderna. Para muestra, y haciendo énfasis en otro tipo de poética, estos versos que tienen un tono exteriorista: Juan/ quien nunca supo/ distinguir bien su izquierda/ de su derecha/ acomoda su limosnero recipiente/ (…) Lo acomoda con sus pies/ ante la ausencia de sus manos. O esos versos de ese poema referencial en el que un sacerdote hace alarde de su sagrada ritualidad para lavar por anticipado su pedofilia.

Huyendo del típico poeta emocionado que “percibe poéticamente el mundo”, para después adjetivarlo a fuerza de palabras y asociaciones arbitrarias y devolvérnoslo recreado y bueno, he aquí una poesía que parte del dolor interno, del desasosiego de la conciencia, para después mostrarnos otra parte del mundo o, al menos, intentar sacarlo de las sombras, a través de intuiciones líricas transgresoras. A esto se suma una búsqueda a través del oficio poético, donde el poeta se ve así mismo en su taller, o, quizás, en su conciencia (En la noche la palabra/ la locura/ la enfermedad/ que me salvada/ del mundo), pero siempre la incertidumbre, la inmutabilidad, el tedio (Analizada la vida/ ni paraíso ni tiempo: /siempre infierno). Hay un aire contradictorio también entre iluminaciones y caídas, con la agudeza de sentir la nada, de sentirse sin asidero en la transitoria existencia, como en el poema «Oda a la eternidad»:

La tristeza del hombre es eterna
Desde su puerta oxidada por el tiempo
mira salir el sol
esconderse y resucitar
Todo dice su mirada
Pero no sabe qué es todo
Al infinito se parecen sus conquistas
aún cuando su mirada permanece en el espejo

La voz poética de estos infiernos habla también de la dualidad humana. Las permutaciones poéticas acompañan los estados de conciencia o los pensamientos que el tiempo modula en el hombre; de ahí la variedad y búsqueda de esta poética, en donde la conciencia siempre continúa, estupefacta, no solo mirando y digiriendo los mundos –aberrantes, ominosos– que enuncia y denuncia, si no también  mirándose, reconociendo, incluso, su perversidad: No desoigo mi monstruosidad:/ gracias a ella soy real y verdadero// En este río de máscaras/ soy el más nefasto y angelical de los monstruos. Algunas generaciones, tal vez, necesiten de la poesía para contemplarse y reflexionar ˗he aquí, en mi opinión, una que se aviene al caso˗, y con ello pensar que lo humano aún tiene validez y puede defenderse a pesar de la ignominiosa realidad: válvula de escape, pues, la poesía en busca de salvación ante esos infiernos asfixiantes, más no escapismo ni recurso trivial de “poéticas facilonas” que sustentan las posturas fútiles de ciertas ideologías. El tiempo, censor inclemente, valida la calidad estética o la desenmascara.
     Considero que la lectura de poesía como ésta, que se nutre de intuiciones líricas visionarias con una mezcla de tensión existencial, y que demanda por ello mismo otros sentidos y recursos perceptivos, nos invita a asomarnos a un espejo que nos devuelve una imagen de desconcierto para reinterpretarnos y reinventarnos. En este sentido, retomo la idea de Murray Krieger, crítico norteamericano de tendencia humanista, en su Teoría de la crítica, quien sostiene que el efecto estético después de la lectura de cierta poesía nos transforma, de alguna manera, por su efecto postestético, puesto que no somos los mismos cuando volvemos al mundo: «Nuestra realidad postestética tendrá que haberse transformado de algún modo, si la realidad estética de la que hemos sido testigos ha sabido llevar a cabo su obra formativa».

Pero también hay rituales celebratorios en A cada quien su infierno, ciertos matices de deseo delirante, referencias personales ˗ o anecdóticas˗, que contribuyen a la creación de otras atmósferas menos desalentadoras, que con cierto aire de excesos contribuyen a la configuración y referencia a ambientes que si bien es cierto son infernales, son placenteros, aunque siempre entre matices contradictorios.
     Extraña y curiosa es la mixtura de esta poética como ya se mencionó: por un lado, los rasgos surrealistas, como la adjetivación ilógica por ejemplo, las sensaciones sinestésicas, el fondo de automatismo psíquico pero controlado, el entrecruzamiento y desborde de la sensibilidad, en suma; y por otro, una poética que parece conversacional, prosaica, pero con un golpe reflexivo que busca encontrar o imponer otro sentido (o sugerirlo), para hacernos pensar en otra idea o alcanzar, tal vez, el roce de una verdad.
     Esta voz poética retoma sucesos históricos, alusiones intertextuales, hechos dolorosos de la vida nacional, para alzarse luego conmovida, denunciar ese mundo asfixiante que le rodea y, posiblemente, enunciar otro: pero ese otro mundo está más allá de la vida fáctica y de esta poética infernal, que se erige entre el descreimiento y el dolor, entre las tensiones de la conciencia, viéndose a sí misma, y que a la vez parece recriminar la realidad exterior, y abjurar de ella. Ese sentimiento compungido aprisiona las palabras, las enhebra, rescatándolas de la nada del mundo para dar sentido y corporeidad a un universo poético y sentimientos desalentadores, contra los que la misma voz, quizás sin decirlo de manera expresa, ansía luchar: Pena la vida, la condena/ la pena/ de muerte, diaria, entre líneas.// Muerte, la sombra, la tierra/ la risa, la cuerda floja/ el tiempo, la vida, el espejo. Por supuesto, esta poesía no es gratificante y de manera referencial también nos habla de una sociedad deshumanizada:
… matás a tu papá, / a tu mamá, a tus hermanos; / matás y matás dulcemente/ y luego te sentás a ver la televisión,/saboreando una deliciosa taza de café.
     A pesar de todo ello, habría que agregar que esta voz poética envuelta en esa atmósfera asfixiante de todos sus infiernos interiores como de los que presencia y denuncia exteriormente, encuentra, tal vez, su paraíso, lo recupera (como alude simbólicamente la última parte del poemario, Paraíso recobrado), pero éste solo existe o se encuentra a través de la palabra poética:  A todas las palabras he buscado/ Algunas me acompañaron por rincones oscuros/ otras compartieron la mesa y los tragos/ y otras/ me mostraron su más monstruosa cara/ al convertirse en espejos/ A todas las he buscado y unas cuantas pude encontrar. Pero no existe el poema terminado para concluir la poesía y el poeta debe continuar tras su búsqueda.
     Dijo cierta vez el escritor Abelardo Castillo que el poeta es un ser impúdico que siempre está hablando de sí mismo: me gusta esa idea por su carga de verdad, que ciertamente comparto, pero que hoy quiero matizar. Sí. El poeta seguramente habla de sí mismo, pero renombrando el mundo, recreándolo, y hasta resistiéndolo según su temperamento y estética. Pero en ese hablar de sí mismo desde esa “parábola de los espejos” ˗metáfora total de la misma poesía que devuelve reflejos destructivos y constructivos ˗ se está hablando, a la vez, de ese mundo otro que parece imposible, que derrumba a éste, destruyéndolo para refundarlo con otro tipo de esencialidad vital: eso me evocan los infiernos poéticos. La voz que habla desde ese tiro de gracia, que nos vaticina algo atroz desde el principio, que se ha buscado con un resultado fallido, solo puede volverse sobre sí misma, sobre su soledad, y termina reconociendo que en sus ojos ha visto ese mundo, reconocido también sus infiernos, pero, sobre todo, ha logrado reconocerse como entidad del yo. El sentido, aquí, queda abierto, puesto que el verso final, aunque certero, no es concluyente: la vida a través de la poesía siempre representa otra posible intuición u otro pensamiento.



sábado, 2 de junio de 2018


LA POESÍA CONTRA LAS INTENCIONES



La poesía es un instrumento sutil para combatir la realidad. Es también un medio para revelar y comprender algo que todavía no sabemos y no sentimos de la vida. Sin embargo esta fuerza destructiva y constructiva surge de un ejercicio de ensimismamiento y reflexión —de iluminación, a veces—, en el espíritu del poeta. Le duele el mundo al poeta, lo sufre (se deleita de él, muy raramente), y a continuación, a través de la sensibilidad e imaginación, se cifra el poema como entidad viva, en pugna contra la realidad.
   Creo que el oficio poético no debe entenderse como un ejercicio que surge  de una intención apriorística y un esmero retórico per sé. Junto a su imaginario que va creciendo con el tiempo, el poeta necesita nutrir también su universo reflexivo que orienta su quehacer poético. Me cuesta entender el poema como una simple declaración de buenas intenciones, o como un juego ingenioso de palabras que se asocian arbitrariamente, según el fervor de los sentimientos y emociones de quien escribe.
   Hacer reflexión acerca de una poética en particular es pensar también en un ciframiento distinto del mundo, un mundo cuyos temas, imágenes y símbolos, se le imponen —o pudiéramos decir, se le van dando— al poeta de acuerdo con ciertas coordenadas vitales y condicionantes de su temperamento. Estos elementos se van desarrollando con la madurez y con el ejercicio mismo de la técnica, que se va fortaleciendo no de una manera tan mecánica como se pudiera creer, pero sí reflexionando sobre la misma; dichos elementos se retoman— se van imbricando, reelaborando, modulándose— del mundo fáctico, se destruyen en el poema y se cifran de nuevo en una suerte de ramificación de significados, generalmente ocultos de acuerdo con las característica del mundo simbólico de una poética. En ocasiones, también la arquitectura del poema —esa especie de casa del espíritu dentro de la cual vive otro universo— no es, si se puede decir, el resultado de un proceso del todo consciente en algunos momentos propicios para la creación poética; pero el poema tampoco nace, en mi opinión, de una buena intención cívica ni del cúmulo de emociones y arrebatos antojadizos. (Otro punto sería, por supuesto, hablar de los procesos y rituales singulares de la creación poética en casos particulares.)


Se suelen escribir —y se publican— textos cargados de intenciones, desventuras y desvaríos momentáneos, pero estos carecen de pulsiones vitales: suelen ser impresiones circunstanciales, arbitrariedades vestidas con “palabras ingeniosas”, retórica vacía, que no se han templado ni digerido en el espíritu del poeta y no han pasado por la criba de la intuición poética verdadera, por lo que no logran en consecuencia ser sustanciales ni portadoras de la verdad lírica, si le podemos llamar así a esa suerte de revelación de un mundo nuevo que subyace en el ser vivo del poema.
   Hay algo doloroso y punzante del mundo prosaico que es ajeno al poeta y hiere su sensibilidad. ¿Por qué se escribe poesía? ¿Nos sentimos diferentes y creemos participar de ese mundo secreto y celebratorio? ¿O sólo lo hacemos por narcisismo y por lograr movernos impunemente con el reconocimiento social de ser “poetas”? Como respuesta posible, me gustaría pensar simplemente en la vida y obra de los  grandes poetas que sufrieron la crueldad, el dolor, la marginación, la soledad, el abandono, el exterminio, de un mundo yerto y hostil en el que vivieron; poetas de extrema sensibilidad que no vieron ni siquiera su obra publicada; poetas lacerados en su condición humana misma por la injusticia, la barbarie, la ignominia; o porque simplemente el mundo les era extraño. Pienso en Georg Trakl, Paul Celan, Hölderlin, Alejandra Pizarnik, Roque Dalton, como casos típicos entre muchos. Y por qué escribieron entonces y de dónde vinieron sus palabras. Creo que de una desgarradura profundísima entre ellos y ese mundo. Sin duda, alguien dirá que existe también la alta poesía del amor, del canto a la democracia, de la naturaleza, de las hazañas humanas: de acuerdo, pero todo esto debe cifrarse y buscar expresión en las sensibilidades e imaginaciones poéticas personales, que se han ido nutriendo con la reflexión, con la cultura, con la acumulación de sentimientos e ideas, a través del espíritu del poeta, de su intuición, además de su carnalidad humana. El poema también es fruto del tiempo y  la poesía, de alguna manera, es el arte de la espera.
   Según lo anterior, se puede aducir que la poesía surge del dolor, aunque también del deseo, de ciertas revelaciones momentáneas, o de imágenes e ideas misteriosamente acumuladas o maduradas en el interior del poeta, pero no de un ejercicio premeditado con una fuerza arbitraria y apriorística que busca una construcción retórica. Y no obstante, claro, siempre la escritura poética tiene rasgos subjetivos de acuerdo con la personalidad del poeta y su sensibilidad perceptiva, se alimenta de su imaginario, sus símbolos, sus manías —muchas veces—, además de sus pequeños y secretos rituales.
   Se vuelve perentorio entonces que cada poeta reflexione sobre su oficio, ponga en duda sus palabras y las ideas prepoéticas de su poema: ¿surgen éstas como intuiciones de la vida misma, de otras variantes de relación secreta de algunos elementos del universo, de estímulos diversos, o sólo surgen de la emoción personal o de los sentimientos en razón de algo que simplemente le presenta el mundo? Pero no estoy hablando de que, paralelamente, al momento
de sentir la pulsión lírica o inspiración (y si esta es verdadera) no ha de aprovecharla, pues, a la vez, estaría dudando de lo mismo que siente o parece escuchar internamente, o lo que la vida, digamos,  le está susurrando en ese instante. No. Hablo más precisamente de una especie de ejercicio autocrítico, de un miramiento despersonalizado sobre sí mismo en ciertos momentos ante la producción poética, sobremanera cuando el poeta se inicia en el quehacer poético, comprendido éste como algo que ha de acompañarlo toda su vida, y de cuyo desarrollo también surgirán evoluciones, etapas, reniegos —abjuraciones tal vez de algunas etapas creativas—; irá tomando otros matices de símbolos o significados, o acaso se irá concentrando en un universo poético personal del que se derivarán otros mundos hasta consolidar una poética propia.


Me gusta pensar que la poesía es hermana de la vida. Está sujeta a sus avatares, está teñida de reveses; tiene temblor, desconcierto, oscuridad, misterio, revelación, silencio. Y tiene tiempo. Con esto me refiero a sentimientos acumulados y a ciertas epifanías que aunque parezcan espontáneas visitan y se afincan en el espíritu del poeta, de una manera no muy consciente tal vez, o inexplicable. Cómo surge, entonces, la poesía auténtica, la que no está inflada de intenciones, de efectos retóricos, de ideas preconcebidas o de los sentimientos circunstanciales.
   Un ser humano sufre y está tirado en la intemperie de la vida: está en miseria. Otro tiene, a lo mejor, un espíritu sensible por naturaleza y se encuentra a la contra del mundo. Pero quién decide ser poeta: ¿el que se apasiona simplemente o sufre con el mundo y quiere trasponerlo en palabras? Estas son situaciones complejas que, por supuesto, no puedo y no intento dilucidar aquí. Lo que el poeta cree percibir debe conmover no su ego, sino su espíritu. Hay palabras que únicamente nacen del afán, del intento por granjearse reconocimiento, de la catarsis, de un yo que ve algo en el mundo y a continuación se le vuelve subjetivo y lo enuncia, sin más. Y así el febril poeta cree entender que allí está y nació el poema. Escribir poesía, me parece, es un compromiso con la vida y, por ello, es algo que no reside en un borboteo de palabras con un cierto grado de emoción. A la poesía la concibo como algo que está más allá de todo narcisismo y deseo de reconocimiento o de un simple estado emotivo. La poesía  entraña, creo, una suerte de conocimiento alterno de la vida, un deseo de trastoque de cosas del mundo que en el poema se vuelven otras para colmar o configurar algo que podríamos llamar el ser poético.
   Un verdadero poeta sirve de cómplice a la vida: esa vida no manifiesta ni intuida por otros medios, pues la vida no es sólo lo que palpamos o podemos certificar con nuestros sentidos. La vida en la poesía es también algo que no podemos percibir de manera habitual ni por otros medios. Todo aquello que exalta las limitaciones del mundo y que en el poema se vuelven liminares es poético. Y el mundo es poético en tanto que es —o puede ser— otro. Ahora, esto no es un deseo obsesivo o corriente por ir más allá de la apariencia. Cada una de las artes excede lo que intuye en un ámbito y lenguaje propios de un mundo desbordado, según sus códigos estéticos.
   Reflexionar sobre el quehacer poético es una tarea válida como responsable para quien ha de asumir el compromiso vital de ser poeta, además de la responsabilidad que esto conlleva en los ámbitos ético y estético, en complemento de la autocrítica que ha de acompañar el ejercicio mismo de la escritura. No se trata de un atuendo, de una investidura que concede la condición de ser o creer ser poeta a fuerza de intenciones predeterminadas. Estas elucubraciones personales solo intentan contribuir (y no ser definitorias) a la búsqueda de la esencia y sentido de la poesía, como ya lo han hecho otros poetas a través de sus reflexiones: como algo necesario para entender la entrega total a este oficio perpetuo que conecta el espíritu humano con los variados elementos del universo y la existencia.
    


domingo, 3 de abril de 2016

Una pequeña crónica y queja ciudadana...


PERO QUIÉNES SOMOS


Las voces, primero, nacen bajo el suelo de San Salvador; luego se yerguen y dominan el hálito de podredumbre sobre el ambiente y sobre las cúspides de los viejos edificios, que, pese a los lamentos, aún se sostienen y combaten con el tiempo.
     Hay una lucha secreta en la ciudad contra el germen maligno que nos alimenta. La incertidumbre abate los rostros, los posee y los conduce cegados en permanente sopor, sin saber a qué asirse ni adónde afincar un poco de esperanza.
     Mi carne, aun así de temblorosa, está con los míos, estos hermanos míos que no conozco, con los que he compartido una historia y un aire envenenados. Qué poder oscuro nos ha embrutecido: no lo sabemos. Nuestra cultura no se sostiene; nuestro rostro cívico no existe. En parte, nos matamos porque no sabemos quiénes somos.
     Queremos, por lo menos, intervalos de luz para intentar salir de esta ceguera, para sacar muestra cabeza de esta ciénaga de barbarie.
     Busco un reflejo en el rostro de mis conciudadanos, pero no logro descifrar nada, como un espejo ciego que desalienta a quien busca encontrar en él algo de su yo, algo de su identidad. Ese espejo termina acentuando las sensaciones de estar perdido y en desasosiego. Pero esta no es una apología de la derrota. Algunas gentes, como hoy, también intentan canciones, prédicas; otras buscan el cultivo de la poesía y quieren servirla a los otros. Hasta que celebremos la verdadera belleza de nuestros jardines, hasta entonces, tal vez, lograremos fraguar los endurecidos corazones.
     Todo El Salvador es un vórtice de dolor y de delirio: qué contradicción de estos atributos con su nombre. He oído decir que el dolor transforma al ser humano; pero no se puede vivir de modo permanente en él, como nosotros, que, en vez de transformarnos, nos hemos vuelto indolentes, desquiciados, ante la faz ubicua de la muerte. Mi corazón aúlla en secreto y se une a las venas febriles de esta ciudad.
     Hoy he venido a esta plaza para intentar encontrarme con los otros. Pero,  apenas, veo el asomo de algo que luego vuelve a ocultarse. Y veo a los niños que mojan sus manos en la fuente, en ellas todo vive y canta en silencio. Tal vez, podamos darles un poco de agua pura de belleza, en la poesía, en el arte, en el conocimiento verdadero de la historia, de nuestros símbolos: esto debería alimentarlos, pero no lo hace porque estos valores, estos bienes espirituales, se han convertido en imágenes sin vida en los viejos libros y calendarios de otro tiempo, ese tiempo que se nos ha escapado; y, así, nos hemos convertido en deudos, en culpables de un tiempo que aún no han vivido y que los espera con los brazos repletos de incertidumbres.
     Ha dicho un filósofo que la verdadera vida está ausente. Pero no podernos esperar por ella mucho tiempo, en razón de que perpetuamente morimos –y nos matamos– en la espera.
     El día se apaga, cerrará todos sus párpados: ¿cuánto será nuestro cultivo de muerte de hoy? Si tenemos un muerto menos que ayer o mañana, no seremos por ello menos macabros. Cuántos ciudadanos creyeron ver la muerte lejana en las mórbidas noticias y, luego, inexpugnablemente, les cayó encima, como una catástrofe. Nuestra tragedia, para los que aún quedamos vivos, será esa misma, y será otra, y más tarde la veremos y la creeremos lejana con un rostro amarillo de las mórbidas noticias.
     Veo dos grandes estampas en la fachada del Palacio Nacional: una es la de un gran poeta; otra, la de un revolucionario emblemático: ambas son símbolos de un pueblo hermano, un pueblo que cultiva, celebra y respeta a sus hijos ilustres en la conciencia de sus ciudadanos. Ese pueblo hermano tiene la poesía y la lucha como sangre y alimento. Pero nosotros, qué tenemos en la sangre, qué nos llevamos diariamente a la boca: nos recorre muerte, comemos muerte.
     Sería tan simple comenzar a emular a ese pueblo hermano. Pero, ¿qué han hecho las embrutecidas mentes que han dirigido históricamente nuestra nación? ¿Qué hacen las miopes mentes de hoy? Nos han conducido a un abismo a cavar nuestro interminable cementerio.
     Un hombre sacude frente a mí su tristeza, o quizá su tedio existencial con un poco de alcohol. Será que busca un lenitivo para despistar brevemente su conciencia. De qué es representación todo esto: creo que de lo que pretendemos ser y no somos, y en esencia no sabemos quiénes somos ni sabemos nada de nosotros mismos.
     Pero, ¿qué logramos si sólo distraemos nuestra conciencia? Quizás, un poco de fuga, sí, y esto es símbolo también de que queremos fugarnos de aquí, queremos fugarnos de todo.
     Algunos ofrecen impúdicamente su cuerpo en plena plaza pública, nuestra memorable plaza cívica: nos comerciamos en todo, comerciamos con todo, ya lo dijo uno de nuestros mejores poetas (cuyos restos, de paso, no sabemos dónde están: así somos de grandes, así somos de sucios y desmemoriados). ¿Habremos vendido también nuestra conciencia?
     Veo en la fuente una pequeña luz bajo el agua: eso querría ser aunque solo fuese por un breve momento, por un instante congelado. Querría ser esa luz, querría ser esa agua para mis desconocidos hermanos.
     Me levanto y me voy de esta plaza, queriendo contener en mí todo el tiempo. Cerca de esta plaza, hay una cripta que resguarda los restos de un hombre santo que combate en silencio contra nuestro olvido y nuestra desmemoria. Creo que ese hombre aún percibe nuestro inmenso y perenne dolor y que querría con su Palabra salvar de la muerte a todo El Salvador.

    



Pero quiénes somos

Conversatorio entre Oscar López y Edenilson Rivera

    “A veces, me duele ser yo”   Me confesó el pintor Oscar López que comenzó a crear a partir de sentir un fracasado. Esta no es, dig...