sábado, 6 de junio de 2020

Una reflexión del quehacer poético y la crisis mundial

La poesía y la crisis

 

Como en gran parte de mis poemas, creo que, a veces, la belleza, como la vida, se vuelve inalcanzable. Se nos  escapa, aunque a veces parecemos retener por breve tiempo algo de fuego entre las manos. Pero luego se evade. Ya se ha dicho muchas veces lo que dijo el poeta Rimbaud: «La verdadera vida está ausente». «Pero estamos en el mundo», le replicó tiempo después el filósofo Emmanuel Levinas.

     Creo que las capas de la realidad más ruidosa y su aspecto enmarañado y distractor no nos dejan percibir –no me refiero sólo a ver– las cosas esenciales de la vida, su esplendor, movimientos, destellos, revelación, que se ocultan en contrastes o en reflejos aparentes, como a lo que suelo referirme también en mis reflexiones poéticas con “el mundo prosaico”. Y se dice también que, porque estamos heridos, por eso escribimos y creamos arte, y con ello resistimos: adversidades, acechanzas, y a veces hasta la muerte. Pero no quiero limitar esa creación de belleza sólo al quehacer artístico: el proceder humano mismo puede tornarse bello, estético, si la vida se asume con autenticidad, con gestos solidarios, con luz compartida, y en ocasiones todo eso está allí parpadeando ante nosotros, en el mundo, en la naturaleza, en el rostro de las personas y de los niños, y no lo vemos. O si lo vemos, a propósito lo destruimos con mezquindad, y casi siempre esto toca inevitablemente al Otro. Y todos pueden reflexionar en este momento mismo y buscar ejemplos de lo que digo.

     Toda crisis es prueba. Les decía a mis amigos recién que me siento inútil escribiendo palabras, escuchando su rumor, sus ecos, escribiendo poesía en esta crisis mundial, con todo y que la duda siempre me compaña. Porque este oficio no tiene visos de ser utilitario en alguna medida a primera vista. Admiré el amoroso esmero de un pintor que intentaba enseñar algo de su oficio como terapia y entretención en estos días y, luego de expresarle que sentía una especie de envidia noble, contrastando mi inutilidad con su trabajo (acordándome, a la vez, del verso del gran Hölderin: Para qué poetas en tiempos de penuria), él me dijo: «Ya encontrarás tu manera de contribuir, hermano».

     De modo, pues, que lo que hacemos –escribir, crear y el vivir mismo– siempre roza a los otros. Y ya he dicho que eso que amamos, hoy en consonancia con el poeta que he citado, casi siempre se ubica ausente, o, al menos, en la distancia, o parece evaporarse entre las manos. Debido a esto, hoy como nunca, amamos aquello que parece rehuirnos: el gesto de los amigos, la complicidad alegre, la calidez y el contacto humanos, la conexión y deleite con la naturaleza, la construcción conjunta de lo que nos da sentido, en suma. Y la familia – ¡ah, la familia!, ese núcleo de luz –: techo, cobijo, raíz, amor, identidad. Por ella también, y por el amor propio del corazón, como me dijo mi hija, hacemos aplomo con la vida, y decidimos seguir adelante.

     Esta idea de lucha tiene también un sentido vertebral en lo que escribo, aunque a veces me cuesta retomar su fuerza en mi vida práctica. Pero aquí no me refiero a lo beligerante ni a lo ideológico que termina volviéndose instrumental para canibalizarnos –si se me permite el término– entre países, razas y clases sociales. Aunque, claro, el poder (económico, político) suele camuflar su hambre voraz. Y eso es así aquí y en cualquier parte en este mundo neoliberal, extremadamente interconectado y documentado al instante. Pero seguimos degradándonos entre nosotros y en nuestra relación con los recursos de la tierra.

     Aquí no estoy tomando partido ideológico, digo: estoy expresando mi dolor desde la pulsión de mis palabras, de las que escribo y de las que me permiten condolerme. Para ver mejor la vida, tal vez, sea beneficioso, primero, mirar adentro de nosotros, para luego comprender la luz y el deleite natural de la vida que se nos muestra. Somos lo que hacemos (eso que se nutre de la cultura asimilada, de la construcción personal y social del ‘yo’), pero somos, además, las irradiaciones de lo que nos habla dentro. Hay que estar atentos. El mundo externo también nos forma y determina –en caso extremo, nos desnaturaliza–, pero también nuestra espiritualidad que, en su plenitud más esencial no es religiosa, sino humana.

     Deseo bienestar para mi país, El Salvador, y para el mundo. Yo y mi palabra estamos en pugna, al lado de la vida.


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