miércoles, 12 de junio de 2019

Comentario crítico de A cada quien su infierno





Los infiernos poéticos de Alfonso Fajardo


Hay una variedad de registros en la poesía salvadoreña actual que resulta difícil clasificar, aunque el objeto de la lectura e interpretación de la poesía no debería limitarse a su categorización, sino, más bien, habría que abordar el universo intuitivo del poema. Podríamos considerar que dentro del variado espectro existe un tipo de poesía hermética que se contiene en sí misma y cuya interpretación se vuelve compleja al momento de acercarse al poema, y descifrar sus sentidos, abigarrados en matices y contrastes, demandan del lector, además de hábitos previos y cierto condicionamiento, una sensibilidad diferente para acercarse a su universo simbólico. Por otra parte, hay también un tipo de poesía cuya fuerza comunicativa reside, en lo que podríamos llamar, el golpe reflexivo de la idea, con un ritmo interior (en apariencia prosaico), a través del cual se insinúan otros sentidos, pero por caminos distintos.
     Encuentro estas dos modalidades poéticas en A cada quien su infierno (Índole Editores, 2016), del poeta salvadoreño Alfonso Fajardo. Además, me parece justo abordar la lectura con intención valorativa de ciertos poemarios como éste, que, aparte de su valor estético, y no importando si publicación es muy reciente o no, tienen una fuerza poética que nos concierne, dada la época que nos toca vivir. De ahí, que sea necesario aludir, de entrada, que en estos poemas habitan varios infiernos
 ̵ sociales, existenciales, íntimos, ideológicos˗ que nacen de una voz enunciadora y denunciadora, conmovida en su conciencia  al mismo tiempo. La voz lírica también mira, se duele, increpa, desenmascara, se fragmenta en devaneos existenciales, y se sondea a sí misma en una perpetua percepción de desconcierto y vacío. Y esa conciencia y el sondeo de ese yo infernal y desarraigado podrían ser, acaso, un indicio sintomático de algunas características idiosincrásicas de la sociedad actual.
     Seguir el rastro y la evolución de un poeta no es tarea fácil, pues se vuelve necesario conocer algo de sus coordenadas vitales y estéticas, aparte de los códigos y claves poéticas que construye con el tiempo y que nutren su imaginario personal. En primer término, considero que la poesía de este poeta se ha movido, desde sus orígenes, con unos rasgos estéticos y concepciones alimentados, sobre todo, por un afluente surrealista de raigambre europea y latinoamericana, además de otras fuentes poéticas visionarias, entre las que destacan el mundo también poético y alucinante del rock, los ámbitos urbanos decadentes de los que presuntamente —por alusiones implícitas o explícitas— el poeta participa en sus rituales personales; además de los contrastes, desgarramientos y hostilidades que le ofrecen la caótica sociedad salvadoreña y la desesperanzadora vida postmoderna. Y por ello mismo su poética, esta poética de los infiernos, se erige en un correlato subversivo de los signos de este tiempo.

Al introducirnos en el poemario, nos encontramos dos textos de la sección Contradicciones que resumen  y anticipan en clave poética, algunas ideas que acentúan el ámbito poético de este infierno y ciertas ideas preliminares a modo de ideario de la voz lírica. Así, en el poema «Prologo II», anuncia:

Ha llegado la hora exacta
del gran poema
En la noche reverdecen los pecados
fulge la blancura del mal

Y en el poema «Comienzo», que representa una búsqueda de la vida y toma de conciencia a través de las palabras, declara:

El poema
tendrá que surgir limpio, grácil.

Sin adjetivos que sobren
Como «grácil» del primer verso.
Iniciar con bombos y platillos
y finalizar con un tiro de gracia.
Procurar carne y hueso
a su moraleja.

La intención aquí no es desmembrar la estructura del libro, sino aludir al tono, modalidad y rasgos de su poética, y tratar de acercarse intuitivamente al universo de sentidos al que nos invita la voz lírica que enuncia los diferentes infiernos entre los que se mueve. Por ejemplo, se encuentran aludidos infiernos de dolor histórico: la historia no está hecha de palabras/ sino del gemido/ que todo heredamos al nacer/ (…) Los poetas están hechos de melancolía/ como de odio/ las venas del mundo. Existe, por otra parte, una recurrencia marcada a cierto infierno de la conciencia, de la búsqueda y desdoblamiento del yo a través de la poesía (El poeta no sabe/ si el poema/ es luz/ o tiniebla). Aquí, existen referencias no solo del mundo ambiguo de la poética de infiernos personales, sino ciertos guiños intertextuales (que a mi modo de entender no solo tienen relación a cierta filiación poética de la que se siente parte, sino, creo intuir, cierta referencia tácita al poeta salvadoreño Alfonso Kijadurías y otros personajes de manera expresa o aludidos indirectamente [Al abrir el libro/ abres el tiempo/ … Fuera del tiempo y la muerte/ los hijos favoritos/rebeldes/ del sin rostro], por ejemplo). Y, por otra parte, habría que agregar cierta atmósfera de descreimiento, de desolación y desencanto, de señalar y apuñalar líricamente las falacias, las imposturas ˗del tiempo y, por qué no, de los mismos poetas˗: El poeta reproduce los sonidos guturales de la prehistoria/ (…) maldice religiones y fórmulas matemáticas/ resucita cada vez que enciende un poema/ huye de fiestas literarias y de centros comerciales/ rueda río abajo la noche y sube Sísifo al día. Pero, a la contra, la misma voz manifiesta cierta aspiración hacia la trascendencia y al deseo de lo divino: El poeta rastrea los huesos de la luz/ y devora las famélicas llamas inventadas por dios. Y por ello mismo, el poeta como instancia psíquica en el poema se vuelve, según creo, una conciencia lastrada ˗ que se vuelve sintomática y representativa de una época ˗, que se rebela contra sí misma, y se increpa de manera reiterativa en diversos poemas. Representando un contrapeso, en sentido paradójico, como en el poema «Esquina rota», existe una esperanza subterránea o a contraluz, dado pues que el poema mismo puede representar una alternancia de la existencia: Al otro lado del poema/ está la vida.
     En otro sentido, aparte de esas esferas infernales del descreimiento y de la búsqueda de la conciencia, está la alusión explícita, denunciatoria del desencanto ideológico, el derrumbe de las certezas y el rostro terrible de la vida social, alejada de las falacias poéticas, de los estratos de poder, de la manipulación del sentido de la vida, como el enfrentamiento entre poetas, de derecha e izquierda, la neurosis de guerra, entre otras manifestaciones de la ya polémica “dilución o trastoque de valores” de la sociedad postmoderna. Para muestra, y haciendo énfasis en otro tipo de poética, estos versos que tienen un tono exteriorista: Juan/ quien nunca supo/ distinguir bien su izquierda/ de su derecha/ acomoda su limosnero recipiente/ (…) Lo acomoda con sus pies/ ante la ausencia de sus manos. O esos versos de ese poema referencial en el que un sacerdote hace alarde de su sagrada ritualidad para lavar por anticipado su pedofilia.

Huyendo del típico poeta emocionado que “percibe poéticamente el mundo”, para después adjetivarlo a fuerza de palabras y asociaciones arbitrarias y devolvérnoslo recreado y bueno, he aquí una poesía que parte del dolor interno, del desasosiego de la conciencia, para después mostrarnos otra parte del mundo o, al menos, intentar sacarlo de las sombras, a través de intuiciones líricas transgresoras. A esto se suma una búsqueda a través del oficio poético, donde el poeta se ve así mismo en su taller, o, quizás, en su conciencia (En la noche la palabra/ la locura/ la enfermedad/ que me salvada/ del mundo), pero siempre la incertidumbre, la inmutabilidad, el tedio (Analizada la vida/ ni paraíso ni tiempo: /siempre infierno). Hay un aire contradictorio también entre iluminaciones y caídas, con la agudeza de sentir la nada, de sentirse sin asidero en la transitoria existencia, como en el poema «Oda a la eternidad»:

La tristeza del hombre es eterna
Desde su puerta oxidada por el tiempo
mira salir el sol
esconderse y resucitar
Todo dice su mirada
Pero no sabe qué es todo
Al infinito se parecen sus conquistas
aún cuando su mirada permanece en el espejo

La voz poética de estos infiernos habla también de la dualidad humana. Las permutaciones poéticas acompañan los estados de conciencia o los pensamientos que el tiempo modula en el hombre; de ahí la variedad y búsqueda de esta poética, en donde la conciencia siempre continúa, estupefacta, no solo mirando y digiriendo los mundos –aberrantes, ominosos– que enuncia y denuncia, si no también  mirándose, reconociendo, incluso, su perversidad: No desoigo mi monstruosidad:/ gracias a ella soy real y verdadero// En este río de máscaras/ soy el más nefasto y angelical de los monstruos. Algunas generaciones, tal vez, necesiten de la poesía para contemplarse y reflexionar ˗he aquí, en mi opinión, una que se aviene al caso˗, y con ello pensar que lo humano aún tiene validez y puede defenderse a pesar de la ignominiosa realidad: válvula de escape, pues, la poesía en busca de salvación ante esos infiernos asfixiantes, más no escapismo ni recurso trivial de “poéticas facilonas” que sustentan las posturas fútiles de ciertas ideologías. El tiempo, censor inclemente, valida la calidad estética o la desenmascara.
     Considero que la lectura de poesía como ésta, que se nutre de intuiciones líricas visionarias con una mezcla de tensión existencial, y que demanda por ello mismo otros sentidos y recursos perceptivos, nos invita a asomarnos a un espejo que nos devuelve una imagen de desconcierto para reinterpretarnos y reinventarnos. En este sentido, retomo la idea de Murray Krieger, crítico norteamericano de tendencia humanista, en su Teoría de la crítica, quien sostiene que el efecto estético después de la lectura de cierta poesía nos transforma, de alguna manera, por su efecto postestético, puesto que no somos los mismos cuando volvemos al mundo: «Nuestra realidad postestética tendrá que haberse transformado de algún modo, si la realidad estética de la que hemos sido testigos ha sabido llevar a cabo su obra formativa».

Pero también hay rituales celebratorios en A cada quien su infierno, ciertos matices de deseo delirante, referencias personales ˗ o anecdóticas˗, que contribuyen a la creación de otras atmósferas menos desalentadoras, que con cierto aire de excesos contribuyen a la configuración y referencia a ambientes que si bien es cierto son infernales, son placenteros, aunque siempre entre matices contradictorios.
     Extraña y curiosa es la mixtura de esta poética como ya se mencionó: por un lado, los rasgos surrealistas, como la adjetivación ilógica por ejemplo, las sensaciones sinestésicas, el fondo de automatismo psíquico pero controlado, el entrecruzamiento y desborde de la sensibilidad, en suma; y por otro, una poética que parece conversacional, prosaica, pero con un golpe reflexivo que busca encontrar o imponer otro sentido (o sugerirlo), para hacernos pensar en otra idea o alcanzar, tal vez, el roce de una verdad.
     Esta voz poética retoma sucesos históricos, alusiones intertextuales, hechos dolorosos de la vida nacional, para alzarse luego conmovida, denunciar ese mundo asfixiante que le rodea y, posiblemente, enunciar otro: pero ese otro mundo está más allá de la vida fáctica y de esta poética infernal, que se erige entre el descreimiento y el dolor, entre las tensiones de la conciencia, viéndose a sí misma, y que a la vez parece recriminar la realidad exterior, y abjurar de ella. Ese sentimiento compungido aprisiona las palabras, las enhebra, rescatándolas de la nada del mundo para dar sentido y corporeidad a un universo poético y sentimientos desalentadores, contra los que la misma voz, quizás sin decirlo de manera expresa, ansía luchar: Pena la vida, la condena/ la pena/ de muerte, diaria, entre líneas.// Muerte, la sombra, la tierra/ la risa, la cuerda floja/ el tiempo, la vida, el espejo. Por supuesto, esta poesía no es gratificante y de manera referencial también nos habla de una sociedad deshumanizada:
… matás a tu papá, / a tu mamá, a tus hermanos; / matás y matás dulcemente/ y luego te sentás a ver la televisión,/saboreando una deliciosa taza de café.
     A pesar de todo ello, habría que agregar que esta voz poética envuelta en esa atmósfera asfixiante de todos sus infiernos interiores como de los que presencia y denuncia exteriormente, encuentra, tal vez, su paraíso, lo recupera (como alude simbólicamente la última parte del poemario, Paraíso recobrado), pero éste solo existe o se encuentra a través de la palabra poética:  A todas las palabras he buscado/ Algunas me acompañaron por rincones oscuros/ otras compartieron la mesa y los tragos/ y otras/ me mostraron su más monstruosa cara/ al convertirse en espejos/ A todas las he buscado y unas cuantas pude encontrar. Pero no existe el poema terminado para concluir la poesía y el poeta debe continuar tras su búsqueda.
     Dijo cierta vez el escritor Abelardo Castillo que el poeta es un ser impúdico que siempre está hablando de sí mismo: me gusta esa idea por su carga de verdad, que ciertamente comparto, pero que hoy quiero matizar. Sí. El poeta seguramente habla de sí mismo, pero renombrando el mundo, recreándolo, y hasta resistiéndolo según su temperamento y estética. Pero en ese hablar de sí mismo desde esa “parábola de los espejos” ˗metáfora total de la misma poesía que devuelve reflejos destructivos y constructivos ˗ se está hablando, a la vez, de ese mundo otro que parece imposible, que derrumba a éste, destruyéndolo para refundarlo con otro tipo de esencialidad vital: eso me evocan los infiernos poéticos. La voz que habla desde ese tiro de gracia, que nos vaticina algo atroz desde el principio, que se ha buscado con un resultado fallido, solo puede volverse sobre sí misma, sobre su soledad, y termina reconociendo que en sus ojos ha visto ese mundo, reconocido también sus infiernos, pero, sobre todo, ha logrado reconocerse como entidad del yo. El sentido, aquí, queda abierto, puesto que el verso final, aunque certero, no es concluyente: la vida a través de la poesía siempre representa otra posible intuición u otro pensamiento.



sábado, 2 de junio de 2018


LA POESÍA CONTRA LAS INTENCIONES



La poesía es un instrumento sutil para combatir la realidad. Es también un medio para revelar y comprender algo que todavía no sabemos y no sentimos de la vida. Sin embargo esta fuerza destructiva y constructiva surge de un ejercicio de ensimismamiento y reflexión —de iluminación, a veces—, en el espíritu del poeta. Le duele el mundo al poeta, lo sufre (se deleita de él, muy raramente), y a continuación, a través de la sensibilidad e imaginación, se cifra el poema como entidad viva, en pugna contra la realidad.
   Creo que el oficio poético no debe entenderse como un ejercicio que surge  de una intención apriorística y un esmero retórico per sé. Junto a su imaginario que va creciendo con el tiempo, el poeta necesita nutrir también su universo reflexivo que orienta su quehacer poético. Me cuesta entender el poema como una simple declaración de buenas intenciones, o como un juego ingenioso de palabras que se asocian arbitrariamente, según el fervor de los sentimientos y emociones de quien escribe.
   Hacer reflexión acerca de una poética en particular es pensar también en un ciframiento distinto del mundo, un mundo cuyos temas, imágenes y símbolos, se le imponen —o pudiéramos decir, se le van dando— al poeta de acuerdo con ciertas coordenadas vitales y condicionantes de su temperamento. Estos elementos se van desarrollando con la madurez y con el ejercicio mismo de la técnica, que se va fortaleciendo no de una manera tan mecánica como se pudiera creer, pero sí reflexionando sobre la misma; dichos elementos se retoman— se van imbricando, reelaborando, modulándose— del mundo fáctico, se destruyen en el poema y se cifran de nuevo en una suerte de ramificación de significados, generalmente ocultos de acuerdo con las característica del mundo simbólico de una poética. En ocasiones, también la arquitectura del poema —esa especie de casa del espíritu dentro de la cual vive otro universo— no es, si se puede decir, el resultado de un proceso del todo consciente en algunos momentos propicios para la creación poética; pero el poema tampoco nace, en mi opinión, de una buena intención cívica ni del cúmulo de emociones y arrebatos antojadizos. (Otro punto sería, por supuesto, hablar de los procesos y rituales singulares de la creación poética en casos particulares.)


Se suelen escribir —y se publican— textos cargados de intenciones, desventuras y desvaríos momentáneos, pero estos carecen de pulsiones vitales: suelen ser impresiones circunstanciales, arbitrariedades vestidas con “palabras ingeniosas”, retórica vacía, que no se han templado ni digerido en el espíritu del poeta y no han pasado por la criba de la intuición poética verdadera, por lo que no logran en consecuencia ser sustanciales ni portadoras de la verdad lírica, si le podemos llamar así a esa suerte de revelación de un mundo nuevo que subyace en el ser vivo del poema.
   Hay algo doloroso y punzante del mundo prosaico que es ajeno al poeta y hiere su sensibilidad. ¿Por qué se escribe poesía? ¿Nos sentimos diferentes y creemos participar de ese mundo secreto y celebratorio? ¿O sólo lo hacemos por narcisismo y por lograr movernos impunemente con el reconocimiento social de ser “poetas”? Como respuesta posible, me gustaría pensar simplemente en la vida y obra de los  grandes poetas que sufrieron la crueldad, el dolor, la marginación, la soledad, el abandono, el exterminio, de un mundo yerto y hostil en el que vivieron; poetas de extrema sensibilidad que no vieron ni siquiera su obra publicada; poetas lacerados en su condición humana misma por la injusticia, la barbarie, la ignominia; o porque simplemente el mundo les era extraño. Pienso en Georg Trakl, Paul Celan, Hölderlin, Alejandra Pizarnik, Roque Dalton, como casos típicos entre muchos. Y por qué escribieron entonces y de dónde vinieron sus palabras. Creo que de una desgarradura profundísima entre ellos y ese mundo. Sin duda, alguien dirá que existe también la alta poesía del amor, del canto a la democracia, de la naturaleza, de las hazañas humanas: de acuerdo, pero todo esto debe cifrarse y buscar expresión en las sensibilidades e imaginaciones poéticas personales, que se han ido nutriendo con la reflexión, con la cultura, con la acumulación de sentimientos e ideas, a través del espíritu del poeta, de su intuición, además de su carnalidad humana. El poema también es fruto del tiempo y  la poesía, de alguna manera, es el arte de la espera.
   Según lo anterior, se puede aducir que la poesía surge del dolor, aunque también del deseo, de ciertas revelaciones momentáneas, o de imágenes e ideas misteriosamente acumuladas o maduradas en el interior del poeta, pero no de un ejercicio premeditado con una fuerza arbitraria y apriorística que busca una construcción retórica. Y no obstante, claro, siempre la escritura poética tiene rasgos subjetivos de acuerdo con la personalidad del poeta y su sensibilidad perceptiva, se alimenta de su imaginario, sus símbolos, sus manías —muchas veces—, además de sus pequeños y secretos rituales.
   Se vuelve perentorio entonces que cada poeta reflexione sobre su oficio, ponga en duda sus palabras y las ideas prepoéticas de su poema: ¿surgen éstas como intuiciones de la vida misma, de otras variantes de relación secreta de algunos elementos del universo, de estímulos diversos, o sólo surgen de la emoción personal o de los sentimientos en razón de algo que simplemente le presenta el mundo? Pero no estoy hablando de que, paralelamente, al momento
de sentir la pulsión lírica o inspiración (y si esta es verdadera) no ha de aprovecharla, pues, a la vez, estaría dudando de lo mismo que siente o parece escuchar internamente, o lo que la vida, digamos,  le está susurrando en ese instante. No. Hablo más precisamente de una especie de ejercicio autocrítico, de un miramiento despersonalizado sobre sí mismo en ciertos momentos ante la producción poética, sobremanera cuando el poeta se inicia en el quehacer poético, comprendido éste como algo que ha de acompañarlo toda su vida, y de cuyo desarrollo también surgirán evoluciones, etapas, reniegos —abjuraciones tal vez de algunas etapas creativas—; irá tomando otros matices de símbolos o significados, o acaso se irá concentrando en un universo poético personal del que se derivarán otros mundos hasta consolidar una poética propia.


Me gusta pensar que la poesía es hermana de la vida. Está sujeta a sus avatares, está teñida de reveses; tiene temblor, desconcierto, oscuridad, misterio, revelación, silencio. Y tiene tiempo. Con esto me refiero a sentimientos acumulados y a ciertas epifanías que aunque parezcan espontáneas visitan y se afincan en el espíritu del poeta, de una manera no muy consciente tal vez, o inexplicable. Cómo surge, entonces, la poesía auténtica, la que no está inflada de intenciones, de efectos retóricos, de ideas preconcebidas o de los sentimientos circunstanciales.
   Un ser humano sufre y está tirado en la intemperie de la vida: está en miseria. Otro tiene, a lo mejor, un espíritu sensible por naturaleza y se encuentra a la contra del mundo. Pero quién decide ser poeta: ¿el que se apasiona simplemente o sufre con el mundo y quiere trasponerlo en palabras? Estas son situaciones complejas que, por supuesto, no puedo y no intento dilucidar aquí. Lo que el poeta cree percibir debe conmover no su ego, sino su espíritu. Hay palabras que únicamente nacen del afán, del intento por granjearse reconocimiento, de la catarsis, de un yo que ve algo en el mundo y a continuación se le vuelve subjetivo y lo enuncia, sin más. Y así el febril poeta cree entender que allí está y nació el poema. Escribir poesía, me parece, es un compromiso con la vida y, por ello, es algo que no reside en un borboteo de palabras con un cierto grado de emoción. A la poesía la concibo como algo que está más allá de todo narcisismo y deseo de reconocimiento o de un simple estado emotivo. La poesía  entraña, creo, una suerte de conocimiento alterno de la vida, un deseo de trastoque de cosas del mundo que en el poema se vuelven otras para colmar o configurar algo que podríamos llamar el ser poético.
   Un verdadero poeta sirve de cómplice a la vida: esa vida no manifiesta ni intuida por otros medios, pues la vida no es sólo lo que palpamos o podemos certificar con nuestros sentidos. La vida en la poesía es también algo que no podemos percibir de manera habitual ni por otros medios. Todo aquello que exalta las limitaciones del mundo y que en el poema se vuelven liminares es poético. Y el mundo es poético en tanto que es —o puede ser— otro. Ahora, esto no es un deseo obsesivo o corriente por ir más allá de la apariencia. Cada una de las artes excede lo que intuye en un ámbito y lenguaje propios de un mundo desbordado, según sus códigos estéticos.
   Reflexionar sobre el quehacer poético es una tarea válida como responsable para quien ha de asumir el compromiso vital de ser poeta, además de la responsabilidad que esto conlleva en los ámbitos ético y estético, en complemento de la autocrítica que ha de acompañar el ejercicio mismo de la escritura. No se trata de un atuendo, de una investidura que concede la condición de ser o creer ser poeta a fuerza de intenciones predeterminadas. Estas elucubraciones personales solo intentan contribuir (y no ser definitorias) a la búsqueda de la esencia y sentido de la poesía, como ya lo han hecho otros poetas a través de sus reflexiones: como algo necesario para entender la entrega total a este oficio perpetuo que conecta el espíritu humano con los variados elementos del universo y la existencia.
    


domingo, 3 de abril de 2016

Una pequeña crónica y queja ciudadana...


PERO QUIÉNES SOMOS


Las voces, primero, nacen bajo el suelo de San Salvador; luego se yerguen y dominan el hálito de podredumbre sobre el ambiente y sobre las cúspides de los viejos edificios, que, pese a los lamentos, aún se sostienen y combaten con el tiempo.
     Hay una lucha secreta en la ciudad contra el germen maligno que nos alimenta. La incertidumbre abate los rostros, los posee y los conduce cegados en permanente sopor, sin saber a qué asirse ni adónde afincar un poco de esperanza.
     Mi carne, aun así de temblorosa, está con los míos, estos hermanos míos que no conozco, con los que he compartido una historia y un aire envenenados. Qué poder oscuro nos ha embrutecido: no lo sabemos. Nuestra cultura no se sostiene; nuestro rostro cívico no existe. En parte, nos matamos porque no sabemos quiénes somos.
     Queremos, por lo menos, intervalos de luz para intentar salir de esta ceguera, para sacar muestra cabeza de esta ciénaga de barbarie.
     Busco un reflejo en el rostro de mis conciudadanos, pero no logro descifrar nada, como un espejo ciego que desalienta a quien busca encontrar en él algo de su yo, algo de su identidad. Ese espejo termina acentuando las sensaciones de estar perdido y en desasosiego. Pero esta no es una apología de la derrota. Algunas gentes, como hoy, también intentan canciones, prédicas; otras buscan el cultivo de la poesía y quieren servirla a los otros. Hasta que celebremos la verdadera belleza de nuestros jardines, hasta entonces, tal vez, lograremos fraguar los endurecidos corazones.
     Todo El Salvador es un vórtice de dolor y de delirio: qué contradicción de estos atributos con su nombre. He oído decir que el dolor transforma al ser humano; pero no se puede vivir de modo permanente en él, como nosotros, que, en vez de transformarnos, nos hemos vuelto indolentes, desquiciados, ante la faz ubicua de la muerte. Mi corazón aúlla en secreto y se une a las venas febriles de esta ciudad.
     Hoy he venido a esta plaza para intentar encontrarme con los otros. Pero,  apenas, veo el asomo de algo que luego vuelve a ocultarse. Y veo a los niños que mojan sus manos en la fuente, en ellas todo vive y canta en silencio. Tal vez, podamos darles un poco de agua pura de belleza, en la poesía, en el arte, en el conocimiento verdadero de la historia, de nuestros símbolos: esto debería alimentarlos, pero no lo hace porque estos valores, estos bienes espirituales, se han convertido en imágenes sin vida en los viejos libros y calendarios de otro tiempo, ese tiempo que se nos ha escapado; y, así, nos hemos convertido en deudos, en culpables de un tiempo que aún no han vivido y que los espera con los brazos repletos de incertidumbres.
     Ha dicho un filósofo que la verdadera vida está ausente. Pero no podernos esperar por ella mucho tiempo, en razón de que perpetuamente morimos –y nos matamos– en la espera.
     El día se apaga, cerrará todos sus párpados: ¿cuánto será nuestro cultivo de muerte de hoy? Si tenemos un muerto menos que ayer o mañana, no seremos por ello menos macabros. Cuántos ciudadanos creyeron ver la muerte lejana en las mórbidas noticias y, luego, inexpugnablemente, les cayó encima, como una catástrofe. Nuestra tragedia, para los que aún quedamos vivos, será esa misma, y será otra, y más tarde la veremos y la creeremos lejana con un rostro amarillo de las mórbidas noticias.
     Veo dos grandes estampas en la fachada del Palacio Nacional: una es la de un gran poeta; otra, la de un revolucionario emblemático: ambas son símbolos de un pueblo hermano, un pueblo que cultiva, celebra y respeta a sus hijos ilustres en la conciencia de sus ciudadanos. Ese pueblo hermano tiene la poesía y la lucha como sangre y alimento. Pero nosotros, qué tenemos en la sangre, qué nos llevamos diariamente a la boca: nos recorre muerte, comemos muerte.
     Sería tan simple comenzar a emular a ese pueblo hermano. Pero, ¿qué han hecho las embrutecidas mentes que han dirigido históricamente nuestra nación? ¿Qué hacen las miopes mentes de hoy? Nos han conducido a un abismo a cavar nuestro interminable cementerio.
     Un hombre sacude frente a mí su tristeza, o quizá su tedio existencial con un poco de alcohol. Será que busca un lenitivo para despistar brevemente su conciencia. De qué es representación todo esto: creo que de lo que pretendemos ser y no somos, y en esencia no sabemos quiénes somos ni sabemos nada de nosotros mismos.
     Pero, ¿qué logramos si sólo distraemos nuestra conciencia? Quizás, un poco de fuga, sí, y esto es símbolo también de que queremos fugarnos de aquí, queremos fugarnos de todo.
     Algunos ofrecen impúdicamente su cuerpo en plena plaza pública, nuestra memorable plaza cívica: nos comerciamos en todo, comerciamos con todo, ya lo dijo uno de nuestros mejores poetas (cuyos restos, de paso, no sabemos dónde están: así somos de grandes, así somos de sucios y desmemoriados). ¿Habremos vendido también nuestra conciencia?
     Veo en la fuente una pequeña luz bajo el agua: eso querría ser aunque solo fuese por un breve momento, por un instante congelado. Querría ser esa luz, querría ser esa agua para mis desconocidos hermanos.
     Me levanto y me voy de esta plaza, queriendo contener en mí todo el tiempo. Cerca de esta plaza, hay una cripta que resguarda los restos de un hombre santo que combate en silencio contra nuestro olvido y nuestra desmemoria. Creo que ese hombre aún percibe nuestro inmenso y perenne dolor y que querría con su Palabra salvar de la muerte a todo El Salvador.

    



Pero quiénes somos

martes, 23 de septiembre de 2014

Comentario del poeta Jaïr Trujillo sobre Sarcófago...

Comparto un comentario, muy personal, como me dice mi amigo Jair Trujillo, un joven poeta colombiano, sobre mi libro Sarcófago...

Dice mi amigo Jair: 


(...) "tenía que escribir algo libre como en el fondo es el libro, sin pensar en escuelas y/o movimientos... influencias, etc. Lo que escribí es más una apuesta por lo íntimo, que por lo público de la crítica. 
  
(...) Creo que no es un estudio precisamente, más bien una aproximación cuasi sentimental. Los libros son para conseguir amigos, ese ha sido el lema implícito del texto."
 


SARCÓFAGO DEL VIENTO


Leyendo “Sarcófago del viento” nos acercamos a la fuerza de la palabra poética de una extraña manera, es como caminar por la playa observando el mar y saber que existe porque se presenta majestuoso pero al tiempo impenetrable. Podríamos decir que esta es la forma de actuar de la poesía pero no es así, pues no ocurre con todos los libros, así como no ocurre con todas las aguas depositadas en el mundo. Es más bien una danza donde encajan perfectamente los movimientos enloquecedores del ritmo. No sé de qué pájaros me habla este libro pero los veo volar. No distingo a ese niño que sale y entra de los poemas de Edenilson pero oigo la risa y sus anhelos en medio del sueño. El hombre que ha subido de edad por la escalera ha venido a encontrarse conmigo, este libro ha viajado en la brisa del Caribe, lo han traído los pájaros raros que engullen su alimento en el aire… cuántos peces en el vientre de estos animales para producir poesía.
Sí, al autor le crecen cuchillos en las orejas y en su corazón los perros encuentran sangre fresca. Es sólo la confianza en la vida y su devenir constante lo que nos impide desistir, perecer. Los libros sólo trascienden cuando el autor ha quedado muerto, es decir, atrás del tiempo. Edenilson al que sólo veo desde el otro lado de la pantalla, ha sabido obscurecerse y transparentarse en cada hoja que derrumbo con el dedo. Le aposté a la locura leyendo este libro, al absurdo, a la vida al revés que se endereza contradiciendo las lógicas, a todo le aposté advirtiendo que perder o ganar era lo mismo. Voy alumbrando la felicidad ciega del autor, muy a pesar de su abandono deliberado… en eso consiste morir en la literatura.El riesgo de publicar un libro es gastar la única bala. Publicar es morir, un nacimiento significa al tiempo una muerte, como en el mito del diablo Yuruparý, el hijo se come a la madre mientras nace… “historia de diablos, mitos de avispas”.  No es gratuito que estos poemas hayan sido reunidos bajo el nombre de sarcófago. Pero ese recipiente llamado sarcófago contiene al tiempo la eternidad de la momia, es orgánico, está vivo.
Buscar (algo) en el libro de Edenilson es renunciar al azar sugerido por el mismo. Los libros no siempre deben entregarse por completo al lector, tiene que mostrar resistencia, deben cerrarle la puerta en la cara. Como a la hora de escribir, se debe obviar nombrar, tratar de construir desde bases sólidas pero carentes de vegetación. La crítica explicativa acarrea con el pecado de ser textos hermenéuticos que castran más que develan. La poesía no se puede leer con hambre de letras. Es preciso hacer corresponder los libros con el cómo abordarlos. Es posible buscar en los bolsillos de los movimientos y las influencias pero noda lugar en estos momentos, en los cuales veo que “un hombre con el fuego y los mares en su rostro escupe al infinito”.


Jair Trujillo
21 de septiembre de 2014.
 

Conversatorio entre Oscar López y Edenilson Rivera

    “A veces, me duele ser yo”   Me confesó el pintor Oscar López que comenzó a crear a partir de sentir un fracasado. Esta no es, dig...